No quiere leer o escribir: ¿falta de motivación o dificultad de aprendizaje?
Llega el momento de leer y, de repente, aparecen el cansancio, la sed, las ganas de ir al baño o cualquier excusa para levantarse.
Cuando toca escribir, la respuesta es parecida:
—No quiero.
—Es demasiado.
—Me aburro.
—No sé hacerlo.
—Luego lo hago.
En casa puede parecer falta de interés, poca constancia o incluso desgana. Y es comprensible que las familias lo interpreten así, especialmente cuando el niño sí puede concentrarse durante mucho tiempo en actividades que le gustan.
Sin embargo, entre los 6 y los 12 años, evitar la lectura o la escritura no siempre significa que un niño no quiera esforzarse. En ocasiones, la desmotivación es la parte visible de una dificultad que todavía no ha sido comprendida.
También puede ocurrir lo contrario: que el niño tenga recursos suficientes para realizar la tarea, pero se desconecte porque necesita más profundidad, mayor reto o una forma diferente de aprender, como puede suceder en algunos perfiles de altas capacidades.
El objetivo no es buscar rápidamente una etiqueta. Es intentar comprender qué hay detrás de ese “no quiero”.
Cuando “no quiero” puede significar “me cuesta”
Los niños no siempre saben explicar qué les ocurre.
Un niño de siete años difícilmente dirá:
“Me cuesta relacionar los sonidos con las letras y necesito demasiado esfuerzo para leer cada palabra”.
Probablemente dirá:
“Leer es aburrido”.
Tampoco suele expresar:
“Sé lo que quiero contar, pero me cuesta ordenar mis ideas y escribirlas”.
Es más probable que proteste, se levante continuamente, escriba lo mínimo posible o asegure que no sabe qué poner.
Cuando una actividad exige mucho más esfuerzo del esperado, genera errores frecuentes o hace que el niño se sienta menos capaz que sus compañeros, evitarla puede convertirse en una forma de protegerse.
No necesariamente está intentando desafiar al adulto. Puede estar intentando escapar de una situación en la que se siente inseguro, lento o poco competente.
Por eso, antes de concluir que le faltan ganas, conviene preguntarnos:
- ¿Qué parte concreta de la actividad le cuesta?
- ¿Evita leer y escribir siempre o solo en determinadas situaciones?
- ¿Comprende mejor cuando alguien le lee el texto?
- ¿Explica oralmente ideas que después no consigue escribir?
- ¿El esfuerzo que realiza parece mucho mayor que el resultado obtenido?
- ¿Se siente frustrado, avergonzado o inseguro cuando tiene que hacerlo?
Estas preguntas no sirven para diagnosticar, pero sí para mirar la situación con mayor profundidad.
Algunas dificultades pueden pasar desapercibidas
No todas las dificultades de lectoescritura se manifiestan de la misma manera.
Hay niños que leen despacio y con mucho esfuerzo. Otros leen con aparente fluidez, pero no comprenden bien el contenido. Algunos tienen muchas ideas cuando hablan, aunque escribir una frase o un pequeño texto les resulta agotador.
También puede haber dificultades relacionadas con la ortografía, la planificación del texto, la copia, la caligrafía, la memoria verbal, la velocidad de procesamiento o la capacidad para revisar lo escrito.
Podemos observar situaciones como estas:
- Lee palabra por palabra, con numerosas pausas.
- Intenta adivinar palabras por su primera letra o por el contexto.
- Pierde el punto en el que estaba o se salta líneas.
- Necesita releer varias veces para comprender.
- Entiende mejor un ejercicio cuando se lo explican oralmente.
- Omite, cambia, añade o une letras y palabras al escribir.
- Comete errores de copia aunque esté mirando el modelo.
- Tarda mucho en completar una actividad escrita.
- Escribe respuestas muy breves para terminar cuanto antes.
- Tiene buenas ideas, pero le cuesta organizarlas en el papel.
- Evita leer en voz alta por miedo a equivocarse.
- Se bloquea o se enfada antes de empezar.
Una señal aislada no significa que exista una dificultad de aprendizaje. Todos los niños pueden cometer errores, atravesar etapas de menor motivación o necesitar más tiempo para consolidar determinados aprendizajes.
Lo importante es observar el conjunto: desde cuándo ocurre, con qué frecuencia, en qué contextos, cuánto esfuerzo requiere y cómo está afectando al aprendizaje y a la confianza del niño.
No toda desmotivación es una dificultad de lectoescritura
También es importante no interpretar cualquier rechazo a leer o escribir como un problema.
Un niño puede estar temporalmente desmotivado porque está cansado, porque el texto no conecta con sus intereses, porque ha tenido una mala experiencia, porque la tarea es excesivamente larga o porque atraviesa un momento emocional complicado.
En otros casos, la dificultad no está en leer las palabras, sino en mantener la atención, comprender instrucciones, organizarse, iniciar la tarea o tolerar el error.
Por eso no conviene sacar conclusiones a partir de una única actividad, una nota o una tarde complicada de deberes.
Necesitamos comprender cómo aprende ese niño en diferentes situaciones:
- En el colegio y en casa.
- De manera oral y escrita.
- Con ayuda y sin ella.
- En tareas breves y extensas.
- Con contenidos elegidos por él y con actividades obligatorias.
La pregunta no debería ser únicamente “¿puede hacerlo?”, sino también:
“¿Qué necesita para poder hacerlo sin sentirse continuamente desbordado?”
¿Y si aprende rápido, pero se aburre?
La falta de motivación también puede aparecer cuando un niño necesita un nivel de reto diferente.
Algunos niños con altas capacidades comprenden conceptos rápidamente, muestran una gran curiosidad, utilizan un vocabulario avanzado o profundizan mucho en determinados temas. Sin embargo, esto no significa que siempre obtengan buenas notas, trabajen con autonomía o disfruten de todas las tareas escolares.
Pueden desconectarse ante actividades muy repetitivas, realizar el trabajo con prisa, cometer errores por falta de revisión o mostrar interés únicamente cuando el contenido supone un verdadero desafío.
En otros casos aparece un elevado perfeccionismo: el niño tiene una idea muy clara de cómo quiere que quede el resultado, pero teme equivocarse, rompe lo que ha escrito, empieza varias veces o evita directamente la tarea.
Podemos encontrarnos con un niño que:
- Comprende mejor de lo que refleja en sus trabajos escritos.
- Aprende rápidamente cuando el tema le interesa.
- Hace preguntas complejas o poco habituales para su edad.
- Se implica intensamente en determinados proyectos, pero rechaza tareas rutinarias.
- Se frustra cuando el resultado no coincide con lo que había imaginado.
- Parece distraído porque ya ha comprendido la explicación.
- Entrega trabajos apresurados, incompletos o muy por debajo de su capacidad.
- Dice que se aburre, aunque desde fuera parezca simplemente desmotivado.
Estas conductas, por sí solas, tampoco confirman unas altas capacidades. Deben comprenderse dentro de la historia, el desarrollo y el funcionamiento global del niño.
Además, las altas capacidades y una dificultad específica de lectoescritura pueden coexistir. En esos casos, sus buenos recursos pueden ocultar durante un tiempo la dificultad, mientras que sus errores o su bajo rendimiento pueden hacer que sus capacidades pasen desapercibidas.
Por eso es especialmente importante no quedarse únicamente con la nota final o con la cantidad de trabajo que realiza.
Cuando aumentar la presión no funciona
Cuando una familia interpreta la situación como falta de ganas, suele intentar ayudar aumentando la insistencia:
- Más tiempo de lectura.
- Más fichas.
- Repetir las palabras mal escritas.
- Quitar privilegios si no termina.
- Ofrecer premios para que se esfuerce.
- Recordarle continuamente que podría hacerlo mejor.
- Compararlo con hermanos o compañeros.
Estas estrategias pueden conseguir que complete una tarea concreta, pero no siempre solucionan lo que está provocando el rechazo.
Cuando el niño ya siente que leer o escribir le cuesta, una mayor presión puede aumentar la frustración y reforzar la idea de que no es capaz.
Esto no significa dejar de acompañar, eliminar cualquier esfuerzo o permitir que evite todas las tareas. Significa cambiar la pregunta.
En lugar de:
“¿Cómo consigo que haga más?”
Podemos empezar por:
“¿Qué está haciendo que esto le resulte tan difícil?”
Qué podéis hacer en casa mientras observáis
Antes de convertir cada tarde en una batalla, podemos introducir algunos cambios sencillos:
Escuchar antes de corregir
Preguntadle qué parte le resulta más difícil: empezar, leer las palabras, comprender, recordar la información, pensar qué escribir, ordenar sus ideas o evitar errores.
Puede que al principio no sepa responder. Necesitará sentirse escuchado y comprobar que la pregunta no es un examen.
Dividir la tarea
Una actividad extensa puede resultar mucho más accesible si se divide en pequeños pasos.
No es lo mismo decir “haz la redacción” que ayudarle a:
- Pensar tres ideas.
- Ordenarlas.
- Escribir una primera frase.
- Desarrollar cada idea.
- Revisar únicamente uno o dos aspectos.
Alternar formas de lectura
Podéis leer por turnos, compartir personajes, escuchar primero una parte del texto o permitir que el adulto lea los fragmentos más complejos.
El objetivo es que pueda acceder al contenido sin que todo el esfuerzo se concentre en descifrar cada palabra.
Separar contenido y corrección
Cuando está escribiendo, no es necesario corregir simultáneamente cada falta, la letra, la presentación, la puntuación y la organización de las ideas.
En algunos momentos podemos centrarnos en lo que quiere comunicar y dejar la revisión para después.
Conectar con sus intereses
Leer instrucciones de un juego, investigar sobre un animal, preparar una receta o escribir una lista también son experiencias de lectura y escritura.
No sustituyen el aprendizaje sistemático cuando existe una dificultad, pero pueden ayudarnos a recuperar el sentido de estas actividades.
Coordinarse con el colegio
La información del profesorado es fundamental.
Conviene preguntar cómo se desenvuelve en clase, si necesita más tiempo, cómo comprende las instrucciones, qué ocurre cuando trabaja de manera autónoma y si las dificultades aparecen de forma similar en distintas asignaturas.
Cuándo conviene pedir orientación
No es necesario esperar a que la situación sea muy intensa para consultar.
Puede ser recomendable pedir orientación cuando:
- La dificultad se mantiene a pesar del acompañamiento.
- Los deberes requieren un tiempo desproporcionado.
- Leer o escribir provoca conflictos frecuentes.
- El niño empieza a decir que es torpe, que no sabe o que nunca lo conseguirá.
- Existe una diferencia llamativa entre lo que sabe explicar y lo que consigue plasmar.
- Desde el colegio han expresado preocupación.
- La lectura o la escritura condicionan su rendimiento en otras asignaturas.
- La motivación ha disminuido progresivamente.
- Sospecháis que puede necesitar mayor reto o una respuesta educativa diferente.
- Como familia ya no sabéis cómo ayudar sin aumentar la presión.
Solicitar orientación no implica necesariamente iniciar una valoración ni recibir un diagnóstico.
A veces, el primer paso consiste simplemente en ordenar la información, escuchar qué está ocurriendo en casa y en el colegio y decidir qué tipo de apoyo puede resultar más adecuado.
En UKEMI empezamos por comprender
En las sesiones individuales con alumnado de 6 a 12 años no partimos de la idea de que al niño le faltan ganas.
Primero tratamos de comprender cómo aprende, qué le está resultando difícil, cuáles son sus fortalezas y qué experiencias ha ido acumulando alrededor de la lectura y la escritura.
El acompañamiento se adapta a cada niño. No se trata únicamente de hacer más ejercicios, sino de trabajar las habilidades que necesita, ofrecerle estrategias y ayudarle a recuperar la seguridad en sus propias posibilidades.
En función de cada caso, podremos orientaros sobre si necesita sesiones individuales, coordinación con el colegio, una valoración más específica o un acompañamiento relacionado con un posible perfil de altas capacidades.
El primer objetivo no es poner una etiqueta.
Es conseguir que el niño se sienta comprendido y que la familia sepa cuál puede ser el siguiente paso.
¿Os preocupa cómo está aprendiendo?
No necesitas saber todavía qué ayuda necesita. Cuéntanos qué está ocurriendo y te orientamos.